A veces se nos olvida leer la Biblia. Estamos cansados, ocupados o simplemente demasiado entretenidos. Llega la noche y, mientras estamos acostados, nos acordamos y pensamos: “¡Ay! Mañana la leo”. Sin embargo, al día siguiente vuelve a pasar.
También puede ocurrir con la oración. Queremos hablar con Dios, pero primero hacemos una cosa, luego otra, miramos el teléfono, scrolliamos por unos minutos, ponemos algo en la televisión y, cuando nos damos cuenta, se acabó el día.
Jesús mismo dijo: “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Marcos 14:38). Creo que todos podemos entender eso. Podemos tener un deseo genuino de acercarnos a Dios y, aun así, luchar con nuestra propia falta de disciplina. La carne siempre va a preferir lo cómodo, lo fácil, lo rápido o lo entretenido. Muchas veces no es que hayamos decidido alejarnos de Dios, simplemente comenzamos a darle prioridad a otras cosas sin darnos cuenta.
Tibieza
Como cristianos, debemos tener mucho cuidado, porque estas acciones, si las repetimos lo suficiente, pueden llevarnos a la tibieza. Aun así, también debemos tener en cuenta que un día en el que no leíste la Biblia no significa automáticamente que seas una persona tibia.
En Apocalipsis 3:15–16, Jesús habla con la iglesia de Laodicea y les dice que no son fríos ni calientes, sino tibios. Sin embargo, unos versículos después vemos un detalle importante acerca de su condición. Ellos decían: “Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad”, pero no reconocían su verdadera necesidad espiritual (Apocalipsis 3:17). La tibieza no es simplemente estar cansado un martes y quedarte dormido antes de leer la Biblia. Es algo mucho más preocupante, porque ocurre cuando comenzamos a sentirnos cómodos lejos de Dios, dejamos de reconocer cuánto lo necesitamos o nuestra vida espiritual empieza a darnos igual.
Por lo que una persona puede amar a Dios y tener un día desorganizado, cansado o flojo. Lo importante también está en lo que hacemos cuando nos damos cuenta. Eso sí, si pasa el martes, el miércoles, una semana, y vemos que poco a poco nos hemos ido alejando, debemos ser lo suficientemente fuertes y valientes para volver a Dios y sentir convicción: “He estado descuidando mi relación con Dios. Necesito volver a dedicarle tiempo”. La clave está en poder reconocerlo, pedir perdón y fuerzas, hacer cambios y acercarnos nuevamente.
Piedras en el camino
Sin embargo, no todo es color de rosa en esta vida y, lamentablemente, no siempre reaccionamos de la manera correcta. Ahí entra otra problemática. Entonces ya no solo estamos descuidando nuestra relación con Dios, sino que también podemos comenzar a afectar a quienes están a nuestro alrededor. Te explico, porque no quiero que caigas en esta trampa: a veces vemos a otra persona que sí está haciendo aquello que nosotros sabemos que hemos descuidado. Vemos a esa persona que, llueva o ventee, sale a evangelizar, va a la iglesia, participa del estudio bíblico, lee su Biblia, hace journaling, habla de Dios, va a viajes misioneros, busca oportunidades para servir… y comenzamos a compararnos, a veces hasta inconscientemente.
“Yo nunca podré ser como fulanita.”
“Mira todo lo que ella hace y yo casi no tengo tiempo para nada.”
O quizás a veces se escuche en nuestra mente así:
“Es demasiado fanática.”
“No todo puede ser iglesia.”
“También hay otras cosas en la vida.”
Y sí, por supuesto que hay trabajo, familia, responsabilidades, descanso y muchas otras cosas que forman parte de nuestra vida. Aun así, deberíamos detenernos antes de criticar la entrega de otra persona y preguntarnos por qué nos molesta tanto. Porque a veces llamamos fanatismo a la disciplina que nos confronta. Cuando la entrega de otra persona confronta nuestra propia flojera espiritual, podemos sentirnos incómodos con ella en vez de dejar que nos inspire.
Tal vez sabemos que podríamos dedicarle más tiempo a Dios, llevamos semanas diciendo que vamos a volver a estudiar la Biblia, que vamos a orar más o que vamos a comenzar el ayuno, pero sentimos que nunca tenemos cinco minutos para Él. Entonces, cuando tenemos al frente a alguien que está haciendo precisamente aquello que nosotros sabemos que podríamos hacer mejor, su ejemplo puede provocar una inseguridad. Entonces el problema deja de ser solamente nuestra falta de disciplina. Ahora podemos convertirnos también en piedra de tropiezo para la otra persona.
Romanos 14:13 dice: “Decidan no poner tropiezo u obstáculo al hermano”. Ser piedra de tropiezo no siempre ocurre porque queramos conscientemente alejar a alguien de Dios. A veces podemos hacerlo por medio de nuestros comentarios, nuestras burlas o nuestro constante intento de disminuir aquello que otra persona está haciendo para acercarse a Él. Pero, ¿por qué hacemos eso? La mayoría de las veces es inseguridad. Quizá pensamos inconsistentemente que Dios ama más a esa persona porque hace más cosas que nosotros. Tal vez sentimos que somos malos cristianos cuando nos comparamos con fulanito. Quizá pensamos: “Si ella hace todo eso y yo no, ¿será que yo ni siquiera estoy bien con Dios?”. O puede que simplemente tengamos miedo de no estar haciendo suficiente o de que nosotros mismos seamos insuficientes delante de Dios. No obstante, nuestra salvación nunca ha dependido de acumular actividades religiosas ni de competir por quién es el “más cristiano”. Efesios 2:8–9 nos recuerda: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.
La gracia de Dios
Dios no comenzó a amarte porque empezaste a leer la Biblia todos los días. Tampoco deja de amarte porque ayer estabas agotado y no la abriste. Nuestra relación con Dios no funciona como una tabla de puntos. Sin embargo, el mismo pasaje continúa diciendo que somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras (Efesios 2:10).
La gracia no elimina nuestro deseo de buscar a Dios. Al contrario, cuando entendemos lo que Él ha hecho por nosotros, queremos conocerlo más, obedecerlo y permitir que transforme nuestra vida. Por eso quizá la pregunta no debería ser: “¿Estoy haciendo tanto como fulanita?” Podríamos preguntarnos mejor: “¿Estoy buscando a Dios genuinamente dentro de la vida que tengo?” Ahí es donde necesitamos un poco de introspección.
Cuando la entrega de otra persona me molesta, ¿de dónde está saliendo esa reacción? ¿Realmente creo que esa persona está haciendo algo malo o me siento confrontado porque yo he estado descuidando mi propia relación con Dios? ¿Estoy comparándome? ¿Estoy sintiendo que tengo que hacer ciertas cosas para que Dios me ame? ¿O sé, en el fondo, que podría darle un poco más de mi tiempo y no lo estoy haciendo?
Porque muchas veces sí estamos cansados. Dios ve cuando has trabajado todo el día. Ve las responsabilidades que tienes, tus hijos, tu casa, tus estudios, tu trabajo y esos días en los que simplemente no puedes con más. Sin embargo, también sabe cuándo no es cansancio. Sabe cuándo simplemente preferimos hacer otra cosa y, aunque queramos tapar el cielo con la mano, Él conoce nuestras excusas. Por eso debemos admitirlo y hablarlo con Dios.
Ahora, hoy no leíste cinco capítulos de la Biblia, pero hablaste con Dios durante diez minutos mientras conducías. Quizá hoy alabaste por medio de una canción. Quizá escuchaste la Biblia mientras cocinabas. Quizá ayudaste a alguien. Quizá tuviste la oportunidad de hablarle de Jesús a una persona. Quizá antes de dormir solamente pudiste sentarte unos minutos y contarle a Dios cómo estuvo tu día. Eso también forma parte de una relación con Él.
Buscar a Dios no significa que todos nuestros días tengan que verse exactamente iguales o que debamos seguir la misma rutina de aquel influencer cristiano. Tampoco significa que debemos vivir contando minutos para determinar si fuimos suficientemente buenos cristianos ese día, pero sí requiere intención.
Prioridades
Si todos los días tengo treinta minutos para la televisión, una hora para un videojuego, tiempo para revisar redes sociales y tiempo para muchas otras cosas que disfruto, pero nunca encuentro unos minutos para Dios, quizá vale la pena reconocer que el problema no siempre es falta de tiempo, sino falta de prioridad. Las prioridades, por suerte, sí las podemos cambiar.
Podemos comenzar con cinco minutos. Abrir la Biblia y leer un pasaje no significa que tengas que leerla completa o que tengas que convertirte en el próximo teólogo famoso; puedes comenzar con un capítulo o incluso meditar en un solo versículo. También puedes hablar con Dios mientras caminas, escuchar la Biblia en audio mientras haces ejercicio, cocinas o conduces, o comenzar a buscar oportunidades para servir y hablar de Él. No tenemos que copiar exactamente la vida espiritual de fulanito. Todos somos diferentes. Lo importante es que nosotros también tengamos una relación real con Dios y que no nos acomodemos en una vida donde Él siempre recibe lo que sobra.
Cuando sabemos que sinceramente estamos buscándolo, ya no necesitamos sentirnos tan amenazados por lo que otra persona hace. Si alguien quiere leer más la Biblia, podemos alegrarnos. Si quiere evangelizar, podemos apoyarlo. Si está emocionado por ir a un estudio bíblico, no tenemos que apagar ese entusiasmo. Hebreos 10:24 dice que debemos considerarnos unos a otros “para estimularnos al amor y a las buenas obras”. Eso es lo contrario de ser piedra de tropiezo. Podemos estimularnos e inspirarnos mutuamente, ver la disciplina de otra persona y pensar: “Qué bueno que Dios está trabajando en su vida. Quizá yo también puedo acercarme un poco más”.
La próxima vez que la entrega de alguien nos incomode, quizá antes de criticarla podemos detenernos y reflexionar: “¿Qué está ocurriendo dentro de mí?”. Tal vez Dios está utilizando justamente ese ejemplo para mostrarnos algo, mientras nosotros seguimos empeñados en mirar únicamente nuestro propio ego. No necesitamos competir con la fe de nadie. Tampoco necesitamos apagar el fuego de otra persona para sentirnos mejor con el nuestro. Podemos simplemente volver a Dios. “Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes” (Santiago 4:8).
Quizá hoy sea leyendo la Biblia, hablando con Él mientras haces alguna tarea, alabándolo, sirviendo a alguien o compartiendo tu fe. Lo importante es seguir acercándonos y, cuando veamos a alguien haciendo lo mismo, en vez de convertirnos en una piedra en su camino, podamos hacernos a un lado, dejar que siga caminando con Dios y ser una persona que lo anime a continuar.
Photo by Heidy M. Pedroza
Place: Cabezas de San Juan Nature Reserve
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