Hace poco sentí en mi corazón escribir este artículo. No para señalar a nadie, sino para recordarnos cuán fácil es olvidar quiénes somos delante de Dios. A veces, sin notarlo, comenzamos a medir nuestro valor por lo que hacemos, en lugar de recordar que todo lo que somos y tenemos es por gracia.
Vivimos en una época donde las acciones son visibles, compartidas y celebradas. Evangelizar en otros países, donar a los necesitados, servir en la iglesia… todo eso es hermoso y necesario. El problema comienza cuando esas obras alimentan nuestro orgullo y empezamos a sentirnos superiores a quienes, según nosotros, hacen menos. La Biblia nos advierte precisamente sobre esto: «Digo a cada uno que está entre vosotros […] que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura» (Romanos 12:3).
Hacer mucho no significa que nuestro corazón esté en el lugar correcto. Podemos estar activos en la obra del Señor y, al mismo tiempo, habernos vuelto orgullosos, indiferentes o poco amorosos con quienes tenemos cerca. Incluso podemos empezar a pensar que somos mejores cristianos porque servimos más, damos más o estamos involucrados en más cosas. Y lo peligroso del orgullo espiritual es que muchas veces se esconde detrás de cosas buenas.
Efesios 2:8–9 nos recuerda: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe». Las buenas obras tienen su lugar, pero nunca fueron la razón por la que Dios nos salva. Todo lo que podemos hacer por Él viene después de haber recibido su gracia. Cuando olvidamos eso, podemos comenzar a mirar al que está al lado y pensar: Yo hago más. Yo doy más. Yo sí estoy sirviendo a Dios. Y sin darnos cuenta, aquello que debía llevarnos a servir con humildad termina convirtiéndose en una razón para sentirnos superiores.
Jesús habló de esto en la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo oraba: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…», mientras el publicano ni siquiera quería levantar los ojos al cielo. Al terminar la parábola, Jesús dijo que fue el publicano quien regresó a su casa justificado (Lucas 18:10–14). El problema del fariseo no era que hiciera cosas buenas. El problema era lo que esas cosas habían producido en la manera en que se veía a sí mismo y a los demás.
El fariseo moderno no lleva túnica ni necesariamente ora en voz alta en una esquina. Puede estar sentado junto a nosotros en la iglesia. Incluso podemos ser nosotros. Aparece cuando pensamos: Al menos yo sí estoy sirviendo. Yo sí doy. Yo sí ayudo. Yo jamás haría lo que hizo esa persona. Poco a poco comenzamos a usar nuestras propias obras como una regla para medir a los demás.
Recuerdo una historia sobre Mateo, un joven cristiano apasionado por llevar el evangelio a otras naciones. Cada año viajaba con su grupo misionero a lugares lejanos, compartía su testimonio y ayudaba a comunidades vulnerables. Su iglesia lo admiraba y muchos lo veían como un ejemplo. Pero en casa, Mateo era otra persona. Rara vez llamaba a su madre. Ignoraba a su hermana cuando ella intentaba abrirle su corazón y sus amigos sentían que cada vez estaba más distante. «Estoy ocupado haciendo la obra de Dios», siempre se justificaba.
Un día, mientras escuchaba una prédica sobre el amor al prójimo, el predicador dijo: «No tiene sentido amar al desconocido si desprecias a los que Dios puso primero en tu camino». Esa frase hizo reflexionar a Mateo. Entendió que sus obras no eran malas. Ayudar a aquellas personas seguía siendo algo bueno. Pero había permitido que todo lo que hacía le impidiera ver a las personas que también necesitaban de él justo donde estaba. Había llegado a pensar tanto en lo que estaba haciendo para Dios que estaba descuidando cómo trataba a quienes tenía cerca.
Hay algo muy poético que dice Santiago pero, a la vez, bastante directo: «¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Santiago 4:14). A veces vivimos como si fuéramos más grandes de lo que realmente somos. Tenemos más, hacemos más, damos más y comenzamos a sentirnos importantes, superiores y hasta intocables. Pero seguimos siendo seres humanos cuya vida es, como dice Santiago, una neblina.
Todo lo que tenemos puede cambiar. El dinero, las oportunidades, el reconocimiento, la posición que ocupamos y hasta nuestra capacidad para hacer todas esas cosas que hoy nos hacen sentir importantes. Nada de eso nos hace superiores a otra persona. Tampoco vamos a llevarnos nuestros logros cuando nuestra vida termine. Recordar que no somos inmortales nos devuelve a nuestro lugar: somos criaturas dependientes de Dios, viviendo por su gracia y utilizando por un tiempo lo que Él puso en nuestras manos.
Por eso nuestras obras deberían llevarnos a amar mejor, no a mirar a los demás desde arriba. Podemos viajar al otro lado del mundo para ayudar a alguien y también sentarnos a escuchar a nuestra madre. Podemos servir en la iglesia y prestar atención al amigo que necesita hablar. Podemos dar generosamente y seguir tratando con respeto a quien no tiene lo mismo que nosotros. Lo uno no tiene que cancelar lo otro.
Tal vez este artículo te incomodó un poco. Está bien. A veces necesitamos recordar que servir a Dios también incluye a las personas que tenemos justo delante. Hoy, mira a tu alrededor. Ama, ayuda y presta atención a quienes están a tu alcance. No importa cuánto tengas, cuánto hagas o cuánto des; sigues necesitando la misma gracia de Dios que todos los demás.
Photo by Helena Lopes on Unsplash
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