“Pero yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo.”
—Salmo 22:6
Estas palabras forman parte del Salmo 22, escrito siglos antes del nacimiento de Cristo. Es el mismo salmo que Jesús citó mientras estaba en la cruz cuando dijo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Salmo 22:1; Mateo 27:46). Luego de estas palabras que cita Jesús, aparece en el mismo salmo una expresión bastante particular: «Pero yo soy gusano, y no hombre».
En el texto hebreo, la palabra traducida como «gusano» es tola’at. El término también está relacionado con el color escarlata, ya que de este tipo de insecto se obtenía el tinte rojo carmesí utilizado en la antigüedad.
El ciclo de vida de este insecto ha llamado la atención de muchos cristianos recientemente debido a sus características particulares. Según los estudios entomológicos recopilados en el catálogo global ScaleNet y por Pellizzari et al. (2012), la hembra del insecto kermes se adhiere firmemente a la rama de un árbol para depositar sus huevos y los protege bajo su propio cuerpo. Al final del proceso muere allí, dejando su cuerpo seco como una cubierta protectora para sus crías. El característico pigmento carmesí se encuentra en su cuerpo y ha sido extraído desde la antigüedad para producir tintes rojos, cuya historia y composición química han sido estudiadas por Anthons y Cooksey (2010). El insecto también presenta una cubierta de cera blanquecina durante su ciclo de vida.
Cuando lees estos detalles junto al Salmo 22, es fácil entender por qué muchos creyentes han visto una semejanza con la crucifixión: Cristo sobre la madera, su sangre derramada y su vida entregada por nosotros.
Aunque la Biblia no dice que el ciclo de vida del gusano escarlata fuera una profecía de la crucifixión, es una comparación sumamente interesante y una imagen que nos recuerda a Cristo.
En cuanto a lo que podemos afirmar a partir de la Biblia, el Salmo 22 está estrechamente relacionado con lo ocurrido en la cruz. Jesús pronunció las palabras con las que comienza el salmo mientras estaba crucificado. Más adelante, el mismo salmo habla de alguien despreciado por el pueblo: «Pero yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo». Isaías también describió al Mesías como «despreciado y desechado entre los hombres» (Isaías 53:3).
La humillación de Cristo llegó hasta la muerte. Filipenses 2:8 dice que «se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Dios mismo había venido y permitió que lo rechazaran, lo traicionaran, se burlaran de Él y finalmente lo crucificaran por amor a nosotros.
Su sangre también ocupa un lugar central en nuestra redención. Efesios 1:7 dice: «En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados». Hebreos 9:12 añade que Cristo entró «una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención». Cuando pensamos en el color escarlata asociado con tola’at, es comprensible que pensemos en la sangre que Jesús derramó por nosotros.
Quizás nunca podamos saber si había alguna intención adicional detrás del uso de aquella palabra en el Salmo 22. Después de todo, Dios mismo fue quien diseñó al gusano escarlata. Tampoco necesitamos afirmarlo para apreciar la comparación.
Él sabía lo que le esperaba y estuvo dispuesto a pasar por ello. Jesús mismo dijo acerca de su vida: «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo» (Juan 10:18). Fue despreciado y humillado, y aun así se ofreció voluntariamente por nosotros.
Un pequeño gusano escarlata puede recordarnos esa historia. Pero lo que hace que la historia sea importante no es el gusano. Es Cristo, quien estuvo dispuesto a entregar su vida para que tú y yo pudiéramos ser redimidos.
Ilustración creada digitalmente mediante inteligencia artificial para fines ilustrativos.
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