¿Alguna vez has sentido que confías en Dios… pero por dentro estás entrando en pánico? A veces decimos que confiamos en Dios… pero estamos haciendo mil planes de emergencia por si acaso. Oramos, pero luego planeamos el peor escenario. Pero no necesariamente hacemos eso porque no tengamos fe, sino porque tenemos miedo. Y ese miedo no te hace menos cristiano. Te hace humano y, a la vez, nos recuerda nuestra fragilidad y nuestra necesidad de Dios.
Decimos que confiamos… pero planificamos desde el miedo
Decimos: “Dios tiene el control.” Y lo creemos… o al menos queremos creerlo. Pero en cuanto las cosas se salen de lugar, nuestra mente empieza a correr: ¿Y si vuelven a fallarme? ¿Y si nunca se arregla? ¿Y si me toca cargar con esto toda la vida? ¿Y si me esfuerzo tanto… y no funciona? ¿Y si me toca enfrentar esto sola? ¿Y si estoy haciendo todo mal? ¿Y si Dios no actúa a tiempo? ¿Y si esto me cambia para siempre?
Y sin darnos cuenta, empezamos a planificar no desde la paz, sino desde el miedo. Hacemos listas. Proyectamos escenarios. Ensayamos conversaciones. Imaginamos todo lo que puede salir mal… y trazamos estrategias para evitarlo.
No es que planificar esté mal. La sabiduría se organiza, claro. Pero cuando el plan nace del pánico, cuando viene de un lugar donde Dios ya no es suficiente, nos drenamos, nos desgastamos, y muchas veces nos hacemos daño. Queremos controlar lo incontrolable: la salud de un ser querido, la conversión de alguien que amamos, la restauración de una relación, el futuro que no vemos. Y mientras más intentamos sostener el mundo con nuestras propias manos, más se nos cae.
A veces hasta intentamos tomar el control de la vida de los demás, porque decimos que ‘queremos lo mejor para esa persona’… aunque esa persona ni siquiera quiera esa ayuda, o eso que tú crees que es lo mejor para él o ella.
Pero Dios no te llamó a ser el salvador de nadie. Ni el protector de todo. Ni el que lo tiene todo resuelto. Dios te llamó a confiar. A soltar. A descansar en Él.
Porque a veces la verdadera fe no se ve como “hacer más”, sino como decir:
“Ya hice lo que me tocaba. El resto, lo dejo en sus manos.”
“Echen sobre él toda su ansiedad, porque él cuida de ustedes.”
—1 Pedro 5:7
La fe de Pedro: caminar y caer
Incluso Pedro caminó sobre el agua cuando miraba a Jesús. Pero en cuanto miró el viento, comenzó a hundirse. No porque su fe fuera falsa, sino porque quitó la mirada del único que podía sostenerlo.
“Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!”
—Mateo 14:30
¿Y qué hizo Jesús? Dice que lo tomó de la mano inmediatamente.
Jesús no te suelta
Ese mismo Jesús no ha cambiado. Cuando te hundes en ansiedad, cuando tu mente corre con “¿y si…?”, Él no se aleja. Él te mira con compasión y extiende su mano una vez más, como hizo con Pedro.
“Al momento Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo…”
—Mateo 14:31
No trates más fuerza, mira hacia arriba
Cuando la paz se va y el miedo sube, no necesitas “tratar más”. Nadie triunfa por sus propias fuerzas. Solo necesitas mirar hacia Jesús otra vez. Él está cerca. Él sabe que estás luchando. Y no te está soltando.
Para quien aún no ha confiado en Él
Tal vez no tienes esa relación con Jesús porque eres de los que necesitan tener el control de todo. Pero hoy puedes empezar. Él no espera que llegues con fe perfecta. Solo espera que vengas. Tal como estás. Con tus dudas, tus cargas, tus ganas de confiar, aunque tiemblen tus rodillas.
Háblale. Dile: “Señor, sálvame.” Y como con Pedro… Él no va a tardar.
Photo by Marcos Paulo Prado on Unsplash
© 2025 Perennial Word. Todos los derechos reservados.

Leave a Reply