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Dios tiene el control… ¿pero tú también quieres tenerlo?

¿Alguna vez has sentido que confías en Dios… pero por dentro estás entrando en pánico? A veces decimos que confiamos en Dios… pero estamos haciendo mil planes de emergencia por si acaso. Oramos, pero luego planeamos el peor escenario. Pero no necesariamente hacemos eso porque no tengamos fe, sino porque tenemos miedo. Y ese miedo no te hace menos cristiano. Te hace humano y, a la vez, nos recuerda nuestra fragilidad y nuestra necesidad de Dios.

Decimos que confiamos, pero…

Decimos: “Dios tiene el control.” Y lo creemos… o al menos queremos creerlo. Pero en cuanto las cosas se salen de lugar, nuestra mente empieza a correr: ¿Y si vuelven a fallarme? ¿Y si nunca se arregla? ¿Y si me toca cargar con esto toda la vida? ¿Y si me esfuerzo tanto… y no funciona? ¿Y si me toca enfrentar esto sola? ¿Y si estoy haciendo todo mal? ¿Y si Dios no actúa? ¿Y si esto me va a cambiar para siempre?

Y sin darnos cuenta, empezamos a planificar desde el miedo. Hacemos listas, proyectamos escenarios, ensayamos conversaciones e imaginamos todo lo que puede salir mal para luego trazar estrategias que nos ayuden a evitarlo.

No me refiero a que planificar esté mal. Pero cuando el plan nace del pánico, cuando viene de un lugar donde Dios ya no es suficiente, nos drenamos y muchas veces nos hacemos daño. Todo porque queremos controlar lo incontrolable: la salud de un ser querido, la conversación que tuvimos hace unos meses, la restauración de una relación o el futuro que no vemos. Y mientras más intentamos sostener el mundo con nuestras propias manos, más se nos cae.

A veces hasta intentamos tomar el control de la vida de los demás porque decimos que «queremos lo mejor para ellos», aunque quizás ni siquiera quieran nuestra ayuda o aquello que nosotros estamos convencidos de que sería mejor para su vida.

Pero Dios no te llamó a ser el salvador de nadie, ni el protector de todo, ni a tenerlo todo resuelto, ni a resolverles la vida a los demás. Dios te llamó a confiar y a descansar en Él.

A veces la fe también consiste en reconocer cuándo ya hicimos nuestra parte y podemos decir: «Ya hice lo que me tocaba. El resto, lo dejo en sus manos».

“Echen sobre él toda su ansiedad, porque él cuida de ustedes.”
—1 Pedro 5:7

La fe de Pedro

Incluso Pedro caminó sobre el agua cuando miraba a Jesús. Pero en cuanto miró el viento, comenzó a hundirse. No porque su fe fuera falsa, sino porque quitó la mirada del único que podía sostenerlo.

“Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!”
—Mateo 14:30

¿Y qué hizo Jesús? Dice que lo tomó de la mano inmediatamente.

Jesús no te suelta

Ese mismo Jesús no ha cambiado. Cuando te hundes en ansiedad, cuando tu mente corre con “¿y si…?”, Él no se aleja. Él te mira con compasión y extiende su mano una vez más, como hizo con Pedro.

“Al momento Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo…”
—Mateo 14:31

No trates más fuerza, mira hacia arriba

Cuando la paz se va y el miedo te acapara, no necesitas esforzarte más. Nadie triunfa por sus propias fuerzas. Solo necesitas mirar hacia Jesús otra vez, porque Él te está extendiendo su mano y no te va a soltar. Él está cerca de ti y sabe que estás luchando.

Para quien aún no ha confiado en Él

Tal vez no tienes esa relación con Jesús porque necesitas sentir que tienes el control de todo. Pero hoy puedes empezar. Él no espera que llegues con una fe perfecta. Solo espera que vengas tal y como estás, con tus dudas, tus cargas y tus ganas de confiar, aunque te tiemblen las rodillas.

Háblale. Dile: «Señor, sálvame». Y como hizo con Pedro, Él no va a tardar.

Photo by Marcos Paulo Prado on Unsplash

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