¿No te ha pasado que andas por la vida casi en automático? Sigues y sigues, pensando en lo que tienes que hacer, en lo próximo que falta, y pocas veces te detienes a mirar lo que tienes alrededor.
Desde que he vivido en otros países me he dado cuenta de eso. Aquí en Alemania hay castillos enormes y hermosos, pero muchas veces veo a los locales pasar frente a ellos sin siquiera alzar la mirada. Cuando regreso a Puerto Rico me sucede algo parecido. Yo me detengo a mirar el mar, las montañas o algún paisaje que extrañaba, mientras las personas que viven allí continúan con su día como siempre.
Entonces recuerdo que yo también era así. ¿La playa? Ya la había visto muchas veces. ¿Las montañas? También. Seguía caminando sin prestar demasiada atención.
Ahora, cuando visito un lugar, me dedico a absorberlo por completo; a capturarlo en mi mente como si fuera un tesoro. Quiero recordar todo, los sonidos, los olores y los colores. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de que muchos de mis recuerdos estaban centrados en mi mundo inmediato: lo que pensaba, lo que hacía o lo que tenía que resolver, y no en la escena completa que me rodeaba.
La ceguera de la rutina
Tal como el local en Alemania camina frente a un castillo medieval sin alzar su mirada, o el puertorriqueño pasa al lado del mar sin contemplar las olas, muchas veces vivimos la fe en «piloto automático». Sabemos que Dios está ahí, constantemente, con mayor magnitud que un castillo o la vastedad del océano, pero la rutina de nuestras obligaciones nos lleva a ignorar su presencia.
No necesariamente dejamos de creer en Él ni dejamos de hacer las cosas que forman parte de nuestra vida espiritual. Podemos seguir orando, leyendo la Biblia, asistiendo a la iglesia y escuchando sermones. El problema surge cuando todo eso se vuelve tan familiar que dejamos de ver lo que realmente importa. Podemos estar tan concentrados en nuestras cosas que seguimos adelante sin detenernos a reconocer lo que Dios ha puesto frente a nosotros.
El «viajero» espiritual
Cuando viajas, tus sentidos están más despiertos porque reconoces que estás ante algo distinto y que probablemente tu tiempo en ese lugar es limitado. Al pausar e intencionalmente «capturar el momento», comienzas a verlo como algo único y eres consciente de que quizás no puedas volver. Por eso observas más, haces preguntas, miras los detalles y tratas de guardar en tu memoria lo que estás viviendo.
Con Dios nos puede pasar algo parecido, porque podemos acostumbrarnos incluso a lo que antes nos maravillaba. A veces necesitamos salir de ese piloto automático y volver a acercarnos con atención, en lugar de hacer las cosas simplemente porque forman parte de nuestra rutina.
Jesús muchas veces dirigía la mirada de sus discípulos hacia las cosas comunes. Les habló de las aves del cielo y de los lirios del campo para enseñarles acerca del cuidado de Dios (Mateo 6:26-30). Obviamente, ellos habían visto aves y flores toda su vida. Jesús no les mostró algo nuevo; les enseñó a mirar con más atención algo que ya estaba delante de ellos. Quizás eso también necesitamos nosotros de vez en cuando.
Los detalles que se quedan contigo
Antes podía visitar un lugar, o incluso mirar desde mi propio balcón, y seguir con mi día sin pensar demasiado en lo que tenía delante. En cambio, ahora recuerdo olores, paisajes y colores nuevos, y quizás otros que no eran tan nuevos, porque me detuve a contemplarlos. Por eso trato de observar más. Sé que muchos de esos momentos pasan rápido y que, a veces, uno quiere volver a ellos, pero después lo único que queda es lo que logramos guardar en la memoria.
Cuando te detienes a contemplar a Dios, en lugar de solo «cumplir» o pedir cosas, empiezas a notar detalles que antes dabas por sentados. Empiezas a reconocer una oración contestada que quizás en otro momento habrías atribuido a la casualidad. También recuerdas una palabra de la Biblia justo cuando la necesitas y comienzas a aplicarla con más intención en situaciones del día a día. A veces incluso te das cuenta de que habías orado por algo, Dios respondió y, entre tantas cosas, se te olvidó darle gracias. Poco a poco también notas esos pequeños milagros de cada día y reconoces cómo Dios te ha estado sosteniendo durante una etapa difícil.
También empiezas a agradecer cosas que quizás antes parecían demasiado pequeñas para mencionarlas. Santiago 1:17 dice que “toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto”. Recordar de quién proviene todo lo bueno también cambia la manera en que recibimos esas cosas y nos ayuda a vivir con más gratitud.
Tal vez muchas de las cosas que pensamos que Dios no está haciendo ya están ocurriendo delante de nosotros, pero seguimos caminando demasiado rápido para notarlas. Qué triste sería pasar por la vida sin hacer una pausa y terminar perdiéndonos de Su presencia y de tantos regalos que Él ha puesto en nuestro camino.
Photo by Heidy M. Pedroza
Place: Puerto Rico
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