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El escudo de la fe

A veces buscamos las definiciones en la Real Academia Española o en otros lugares, pero para entender conceptos bíblicos, lo mejor es mirar a la Biblia. Dentro de ella podemos encontrar qué significa cada cosa que Dios quiere que conozcamos. Entre esas definiciones encontramos la de la fe, en Hebreos 11:1: “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.

Desde Génesis hasta Apocalipsis, la Palabra de Dios nos recuerda una y otra vez cuán esencial es la fe. De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). No se trata solo de creer que Dios existe, porque ya sabemos que el diablo y los demonios saben que Él existe, sino de confiar en Él con todo el corazón, aun cuando no vemos el camino completo.

Tener fe es vivir con una seguridad inquebrantable de que lo que Dios ha prometido, Él lo cumplirá. Entre esas promesas está el regreso de Jesús y la vida eterna que nos ha prometido. Esa es la seguridad a la que debemos aferrarnos, aunque las circunstancias de nuestra vida cambien y enfrentemos dificultades. Es caminar por convicción, no por vista. Cuando alguien decide vivir por fe, aprende a descansar en las promesas de Dios, aun cuando las circunstancias puedan traer dudas y temores.

La fe forma parte del fruto del Espíritu y se desarrolla en aquellos que buscan al Señor con sinceridad, entregando cada área de su vida con plena confianza.

Tres formas en que la fe se manifiesta

La Biblia nos habla de la fe en diferentes contextos. Aunque todas estas expresiones están relacionadas con nuestra confianza en Dios, podemos ver cómo la fe está presente en distintas áreas de nuestra vida.

  • 1. Fe para ser salvos: Es el primer paso, cuando reconocemos que necesitamos a Jesús y creemos en Él como nuestro Salvador (Efesios 2:8-9).
  • 2. Fe como don espiritual: Hay personas que reciben una fe especial para creer con valentía en situaciones extraordinarias (1 Corintios 12:9).
  • 3. Fe en lo cotidiano: Se ve en las decisiones diarias, en cómo enfrentamos los retos, en cómo elegimos perdonar, esperar o seguir confiando.

Cada una de estas expresiones apunta a una vida anclada en Dios y en Su Palabra. La fe no se limita a un momento específico de nuestra vida cristiana, porque también nos acompaña en las decisiones y dificultades que enfrentamos todos los días.

¿Cómo se vive la fe?

Vivir por fe no significa ignorar los problemas o negar las dificultades. Tampoco significa que no vas a sufrir, sentir enojo o llorar. No, significa enfrentar todo lo que venga con esperanza, sabiendo que Dios va delante. Es lo que te sostiene cuando todo parece inestable; lo que te impulsa a orar aunque no veas respuesta; lo que te lleva a obedecer aunque no entiendas todo.

La fe no es algo que ocurre una sola vez y ya, porque no es un sentimiento. Es una forma de vivir y de pensar. Se cultiva cuando pasamos tiempo con Dios, cuando leemos Su Palabra y cuando decidimos confiar en Él por encima de nuestros sentimientos o circunstancias. Porque la fe proviene de Dios, nosotros sí tomamos la decisión de dejar todo en Sus manos, y Dios es quien fortalece nuestra fe.

Fe y obediencia caminan juntas

Aunque es cierto que uno puede sentir gozo y otras cosas bonitas al caminar con fe, la fe es, finalmente, una decisión, pero esa decisión tiene que venir acompañada de la acción. No es simplemente decir “yo creo en Dios y tengo fe”, es también obedecer Su Palabra. Porque si tú crees que Dios es realmente Dios, nuestro Señor, el dueño de todo, el que nos creó, pues también confías automáticamente en que Su Palabra es perfecta y buena. Que no hay nada más correcto que Su Palabra.

Aunque eso también conlleva un proceso de aprendizaje. Muchas veces nos tenemos que caer para reconocer que aquello que dijo Dios es lo correcto. Por eso, es mejor confiar en Su Palabra y no en nuestra mente. Si hay algo que pensamos que va en contra de Su Palabra, en vez de esperar a sufrir las consecuencias para reconocer que Dios tiene razón, debemos confiar en Él y tener fe, aunque no veamos ni entendamos por qué Dios nos dice que no hagamos eso. De eso también se trata la fe. Por eso, Jesús dijo:

“Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29).

Héroes de la fe que nos inspiran

  • 1. Abraham creyó en la promesa de un hijo, aun cuando todo parecía imposible.
  • 2. Noé construyó un arca para prepararse para un diluvio que todavía no había llegado.
  • 3. La mujer que tocó el manto de Jesús creyó que con solo un toque sería sana… y lo fue.

Los llamamos héroes, pero ellos eran personas comunes como tú y como yo. Tampoco eran personas perfectas, pero tenían algo en común: confiaron en Dios más allá de lo que veían.

Un escudo contra los ataques del enemigo

Efesios 6:16 nos dice: “Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno”. La fe no solo nos guía, también nos protege. Esto es algo que encuentro súper cool, porque Dios nos dio un verdadero escudo protector que bloquea los pensamientos de temor, las mentiras del enemigo y las dudas que intentan hacernos retroceder. Con fe, resistimos y avanzamos.

Puede que, como en toda batalla, aunque tengamos el escudo en mano, retrocedamos un poco y suframos algunas heridas. Esas heridas son las dificultades que enfrentamos en nuestro día a día, las decepciones, el sufrimiento y todas esas experiencias que pueden hacernos dudar y perder la confianza en Dios. A veces el escudo puede sentirse pesado y podemos cansarnos de sostenerlo, pero mientras no lo soltemos, Dios no dejará que ese escudo se rompa.

Nuestra meta es cargar ese escudo hasta que ganemos la batalla y nunca soltarlo. No debemos rendirnos, porque nuestra esperanza está puesta en las promesas de Dios, especialmente en la promesa de que Jesús regresará por nosotros. Esa es la seguridad inquebrantable que nos permite seguir sosteniendo el escudo, incluso cuando las cosas no salen como esperamos. Podemos perder algunas batallas durante nuestra vida, pero debemos perseverar hasta el final, confiando en que Dios cumplirá Su promesa.

Una vida anclada en la fe

La fe no elimina las tormentas, pero nos da la firmeza para enfrentarlas. Nos recuerda que Dios está en control, aunque no siempre entendamos lo que está haciendo. Igualmente, nos llena de paz en medio del caos y nos sostiene cuando sentimos que no podemos más.

Querido lector, vivir por fe es vivir con propósito, con esperanza, con dirección. Toma hoy el escudo de la fe y refúgiate en las promesas del Señor. Él nunca falla.

Créditos de imagen: Fotografía cortesía de Unsplash

Publicado originalmente en mi antiguo blog, Perennidad (9 de septiembre de 2020). Revisado y adaptado para su publicación en Perennial Word.

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