Para mí, la motivación tiene que ver con distintos elementos que impulsan las acciones de una persona. Así que, sin importar la situación, para movernos necesitamos una fuerza que nos impulse. Necesitamos un motor que nos anime a actuar, que nos sostenga cuando nuestras propias energías se agotan y que nos dé dirección cuando no sabemos por dónde seguir.
Y es aquí donde muchos tropiezan. Lamentablemente, vivimos en una sociedad que constantemente nos dice: “Tú puedes solo”, “Solo cree en ti”, “Sé fuerte y no dependas de nadie”. Pero… ¿es suficiente apoyarnos solo en nosotros mismos? O, mejor dicho, ¿somos capaces de producir una fuente constante de motivación?
La respuesta es clara: no. Por más fuerte que parezcas, por más inteligente o disciplinado que seas, tú y yo somos seres limitados, frágiles y necesitados. Confiar únicamente en nuestras propias fuerzas puede funcionar por un tiempo, pero tarde o temprano, cuando llegan las dificultades, podemos sentir que ya no podemos más. Jeremías 17:5 nos dice: “Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová”.
Este versículo nos recuerda el peligro de depender únicamente de nuestras fuerzas y apartar nuestro corazón de Dios. No significa que esté mal recibir ayuda de otras personas o dedicarnos a alcanzar nuestras aspiraciones. Claro que tenemos que hacer nuestra parte, ser diligentes y trabajar con responsabilidad. Sin embargo, cuando Dios es el centro de nuestra vida, podemos acudir a Él en medio de nuestros problemas y confiar en que nos sostendrá.
Cuando nuestras fuerzas fallan
No sé si alguna vez te ha pasado: comienzas un proyecto con toda la emoción del mundo. Tal vez fue empezar una dieta, seguir un plan de ejercicio, estudiar algo nuevo o incluso comenzar a leer la Biblia. Los primeros días vas con entusiasmo. Estás enfocado. Sin embargo, con el tiempo, las emociones bajan, las excusas llegan y, sin darte cuenta… lo dejas a medias.
A mí me ha pasado, incluso siendo una persona bien enfocada, “workaholic” y a la que le encanta escribir y dibujar. Sin embargo, llegan esos días en los que pienso: “¿Pero para qué? A nadie le gusta. No soy muy buena. ¿Y si escribo algo que no es?”.
¿Sabes por qué? Porque somos humanos. Todos tenemos momentos de debilidad, incluso cuando estamos haciendo algo que nos encanta. Podemos comenzar con muchísima motivación y, aun así, experimentar cansancio, inseguridad o desánimo. Y eso no significa necesariamente que debamos abandonar lo que estamos haciendo.
Está bien reconocer nuestras debilidades
A veces hasta juzgamos a las personas que nos confían sus debilidades. Pero, ¿tú nunca has pensado así? Si nunca has tenido momentos de debilidad, entonces no creo que seas humano. Quizás eres un bot leyendo esto. Las debilidades son normales y, si alguien las expresa, ¿por qué ponernos a pelear? A veces veo en las redes sociales comentarios como: “Está haciendo un pity party”, “Así consigue views” o “Quiere llamar la atención”. Y puede ser cierto, pero estos comentarios también hacen que la gente se cierre y piense: “Ah, si me expreso así, eso es lo que van a pensar de mí”.
Opino que eso no es bueno, porque es importante hablar y escucharnos. A veces, una persona necesita precisamente esas palabras de aliento para tomar impulso y continuar. Ahora, tampoco es que todo el tiempo vas a estar en un “pity party” o que vas a estar dándole aliento a una persona que siempre está así. A veces hay que decirle que tiene que aceptar la realidad, agarrarse de Dios y continuar. Aun así, podemos darle apoyo y palabras de aliento a esa persona cuando realmente lo necesite. Además, Dios también puede utilizar a otras personas para ayudarnos en medio de nuestras dificultades. No tenemos que fingir que somos fuertes todo el tiempo ni sentir vergüenza por reconocer que necesitamos ayuda.
En 2 Corintios 12:9, el Señor le dice a Pablo: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. ¡Qué importante es recordar esto! Nuestra debilidad no nos impide acudir a Dios. Precisamente cuando sentimos que nuestras fuerzas no son suficientes, podemos buscar Su ayuda y confiar en Su gracia.
Nuestra fuente de motivación constante
¿Y sabes por qué será que a veces nos da flojera? Porque muchas veces nos estamos apoyando en la emoción inicial o en los resultados visibles, y no en algo más firme… no en Dios. Ahora bien, esto no significa que una persona que no busca a Dios no pueda tener motivación o perseverar. Claro que puede. Hay personas que trabajan y perseveran durante años porque necesitan dinero para vivir, porque quieren cumplir un sueño que tenían desde pequeñas, porque desean hacer sentir orgullosos a sus padres o por muchas otras razones. Y pueden lograr grandes cosas. Sin embargo, ¿qué sucede cuando llegan las dificultades? ¿Qué pasa cuando las cosas no salen como esperábamos, cuando fracasamos o cuando sentimos que ya no podemos más?
A veces estamos tan enfocados en alcanzar nuestras metas que terminamos echándonos todas las preocupaciones encima. Queremos resolverlo todo con nuestras propias fuerzas y, sin darnos cuenta, comenzamos a descuidar nuestra salud física y mental. El estrés, la ansiedad y el agotamiento pueden llegar a afectarnos muchísimo. Algunas personas viven bajo una presión tan grande que terminan atravesando crisis emocionales muy graves. Por eso creo que es importante reconocer nuestros límites, descansar y buscar ayuda cuando la necesitamos.
Y aquí es donde quiero que entiendas algo: Dios no solamente quiere darte fuerzas para continuar. También quiere que descanses en Él y pongas tus preocupaciones en Sus manos. En 1 Pedro 5:7 se nos dice: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros”. Y Jesús nos invita en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.
No tenemos que vivir como si todo dependiera exclusivamente de nosotros. Habrá cosas que no podremos controlar, planes que no saldrán como esperamos y situaciones que no sabremos cómo resolver. En esos momentos podemos acudir a Dios, hablar con Él, pedirle sabiduría y confiar en que nos sostendrá mientras atravesamos esas situaciones.
Por eso creo que nuestra motivación debe venir de Dios. Claro que podemos tener muchas razones para esforzarnos y continuar. Sin embargo, cuando nuestra motivación está arraigada en Él, sabemos a quién acudir cuando las cosas se ponen difíciles. Podemos entregarle nuestras preocupaciones, buscar Su dirección y descansar en Sus promesas. Proverbios 16:9 nos recuerda: “El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos”. E Isaías 40:31 nos dice: “Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”.
Eso tampoco significa que, por confiar en Dios, siempre tendremos ganas de hacer las cosas. Habrá días en los que estaremos cansados, desanimados o simplemente no tendremos ganas de continuar. Somos humanos, pero podemos seguir recurriendo a Dios, incluso en esos días en los que nuestra motivación parece desaparecer.
Por eso, la próxima vez que sientas que estás estancado o que tu motivación está decayendo, no busques primero una frase inspiradora o una nueva rutina: ora. Pídele a Dios que Él sea tu motor, tu empuje, tu norte. Porque cuando Él te sostiene, puedes continuar incluso cuando la emoción inicial desaparece. No tienes que depender únicamente de cómo te sientas, porque tu confianza está puesta en quién es Él.
Jesús no solo vino a salvarnos.Vino también a mostrarnos cómo vivir con propósito, dirección, perseverancia y firmeza. Su vida fue un ejemplo de obediencia constante, aun cuando el camino era difícil. Ahora, por medio del Espíritu Santo, Él quiere ser la fuente de tu fortaleza también.
Filipenses 4:13
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
(Filipenses 4:13)
Este versículo no es una frase mágica para repetir cuando queremos lograr una meta. Pablo hablaba de cómo Cristo lo fortalecía para enfrentar distintas circunstancias, tanto en la abundancia como en la necesidad. Es una declaración de dependencia y confianza: Cristo es suficiente, es mi fuerza y mi motivación.
Esto también aplica a nuestros planes terrenales. Dios mira con agrado el trabajo y la diligencia. Podemos pedirle que nos fortalezca mientras estamos luchando por lo que queremos. Colosenses 3:23 nos recuerda: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Dios también puede ayudarnos a continuar cuando estamos cansados o desanimados, incluso en esas responsabilidades cotidianas que a veces se nos hacen difíciles.
Ahora bien, eso tampoco significa que Dios va a respaldar cualquier cosa que queramos hacer. Siempre debemos procurar que todos nuestros planes estén de acuerdo con Su voluntad. Proverbios 19:21 nos dice: “Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá”. Por eso, también debemos aprender a examinar nuestras intenciones y aceptar que, a veces, tendremos que cambiar de dirección. Si estamos haciendo algo que va en contra de Su Palabra, no podemos esperar que Dios nos anime a continuar por ese camino. A veces, lo que necesitamos es reconocer nuestro error y corregirlo.
Motivación con propósito eterno
La motivación que viene de Dios también está relacionada con el propósito eterno que Él ha puesto en nuestra vida. Cuando entiendes que tu vida tiene un propósito que va más allá de tus planes personales, entonces todo cambia. Ya no te levantas solo por lo que deseas alcanzar, también te levantas porque sabes quién te llamó y para qué fuiste creado. Esa verdad puede ayudarte a continuar incluso en los días más oscuros.
Efesios 2:10 nos dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Podemos hacer planes, pero también debemos recordar que nuestra vida tiene un propósito mucho mayor. Dios nos ha llamado a vivir conforme a Su voluntad, a hacer el bien y a utilizar lo que nos ha dado para servirlo a Él y a los demás.
La motivación para perseverar hasta el final
Dios también nos da fuerzas para continuar caminando con Él. Porque, si somos sinceros, hasta en nuestra vida espiritual podemos experimentar momentos de cansancio, desánimo y debilidad. Habrá días en los que enfrentaremos tentaciones o situaciones que pondrán a prueba nuestra fe. Por eso necesitamos seguir buscando a Dios y recordar la esperanza que tenemos en Cristo.
Hebreos 12:1-2 nos anima a correr con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús. Además, Pablo nos dice en Filipenses 3:14: “Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.
Nuestra motivación también debe estar en perseverar hasta el final, en seguir creciendo en nuestra relación con Dios y en no perder de vista la vida eterna que Él nos ha prometido. Habrá momentos en los que tendremos que levantarnos después de haber fallado, arrepentirnos y continuar. En esos momentos podemos acudir a Dios para pedirle que renueve nuestras fuerzas y nos ayude a permanecer fieles.
Gálatas 6:9 también nos recuerda: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos”. A veces, hacer lo correcto requiere paciencia y perseverancia. Puede que no veamos los resultados inmediatamente, pero eso no significa que nuestro sacrificio sea en vano.
Así como buscamos la ayuda de Dios para continuar con nuestros proyectos y responsabilidades, también debemos buscarla para permanecer firmes en la fe. Después de todo, ¿de qué nos serviría alcanzar todos nuestros objetivos terrenales si terminamos descuidando nuestra relación con Él?
La motivación verdadera
La motivación verdadera no comienza en ti, comienza en Dios. Él es la fuente inagotable de fuerzas, propósito y dirección. Podemos encontrar motivación en muchas cosas de este mundo, pero nuestras circunstancias cambian, las emociones fluctúan y nuestra tenacidad tiene límites. Por eso necesitamos aprender a depender de Dios y a dejar nuestras preocupaciones en Sus manos. Podemos esforzarnos sin sentir que tenemos que cargar solos con todo lo que sucede durante el proceso.
No camines únicamente por impulso, camina con convicción. Pon tu confianza en quien va contigo en cada paso. Proverbios 3:5-6 nos recuerda: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas”. Dios no solo quiere darte ánimo para hoy. Quiere darte propósito para toda tu vida. La motivación verdadera nace cuando Cristo vive en ti.
Créditos de imagen: Fotografía por [Venti Views] en Unsplash
Publicado originalmente en mi antiguo blog, Perennidad (2 de octubre de 2020). Revisado y adaptado para su publicación en Perennial Word.
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