Vivimos en un mundo que grita constantemente que el valor de una persona se mide por lo que tiene: su casa, su cuenta bancaria, el puesto que ocupa o la ropa que viste. Desde pequeños somos bombardeados por esa idea, ya sea a través de otras personas o de los medios de comunicación. Incluso hay muchos mensajes que, de manera sutil, nos llevan a pensara así. No es extraño, entonces, que al escuchar la palabra prosperidad, lo primero que venga a nuestra mente sea el dinero.
Y es comprensible, porque esa es la definición que el mundo ha construido. Si buscas la definición de prosperidad en cualquier libro o navegador de internet, vas a encontrar que muchas definiciones tienen que ver con el estatus y los bienes materiales. Por eso, muchos creen que mientras más dinero tengas, más famoso seas o mejor puesto ocupes, más próspero eres… y más valor tienes.
Sin embargo, detrás de esa idea hay una triste realidad que muchas veces es ignorada. Vivimos en una sociedad superficial que no siempre mira el corazón de las personas: sus valores, sus creencias, lo serviciales, diligentes, responsables o respetuosas que son. Mira el currículum, el éxito, lo que puedes ofrecer o qué pueden sacar de ti. Cuando conoces a alguien, es común que te pregunten: “¿A qué te dedicas?”. Y según tu respuesta, puede cambiar su manera de hablarte, hasta el respeto y el interés que te muestran.
Qué triste y doloroso es que el valor de una vida sea calculado en función del título que cargas o el sueldo que ganas. Qué injusto que, en vez de mirarte realmente a ti como persona, te midan por una profesión o un estatus. Así es como terminamos en un ciclo agotador de comparación, de autoexigencia y de insatisfacción, creyendo que, si acumulamos lo suficiente, finalmente seremos aceptados. Finalmente seremos “alguien” en el mundo.
¿Qué es la verdadera prosperidad?
Me imagino que te estás preguntando ahora mismo: ¿entonces qué es la prosperidad? Hemos vivido engañados toda la vida, pero la Biblia nos lo aclara en Marcos 8:36: “Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”
La prosperidad, según la Palabra de Dios, es poder conservar tu alma. Por eso, si te concentras en lo terrenal, o sea, en el sistema del mundo, su poder, sus riquezas y sus placeres, terminas autodestruyéndote. Eso no es verdadera prosperidad, es una falsa ilusión. Es como cuando te sientas a ver televisión y te concentras tanto que escapas de la realidad. Pues así mismo estás escapando de la realidad cuando piensas que la verdadera prosperidad es solo lo que ves y no abres tu mente a que lo terrenal no lo es todo. Que esta vida es pasajera y se va en un abrir y cerrar de ojos, y que lo que importa es la vida eterna con Dios. Entonces, prefieres sacarte de la ecuación de Dios y saldar la transacción con una bancarrota eterna.
A veces olvidamos que el príncipe de este mundo es Satanás y que todo este discurso de prosperidad, dinero y estatus es falso. Dios no mide tu valor por lo que tienes, sino por quién eres en Él. La prosperidad que viene de lo alto no se basa en cuentas bancarias, sino en una vida llena de propósito, paz, gratitud y comunión con el Creador. De eso se trata la verdadera prosperidad. El ser humano tiende a medir su valor por lo que acumula, pero el alma tiene un precio infinito que ningún reino o fortuna de la tierra puede comprar o rescatar.
Por eso, no es sorprendente que haya personas con fortunas impresionantes… y corazones vacíos. Personas rodeadas de lujos, pero atormentadas por la ansiedad, la depresión o una profunda sensación de vacío. Porque lo que el alma necesita no se compra.
Eso tampoco significa que tener dinero sea malo. Una persona puede tener muchos recursos económicos y mantener una relación sincera con Dios. El problema comienza cuando las riquezas ocupan el lugar que le corresponde al Señor, cuando confiamos más en lo que tenemos que en Él o cuando utilizamos el dinero para determinar cuánto vale una persona. En 1 Timoteo 6:10, Pablo nos advierte sobre el amor al dinero, y en los versículos 17 al 19 aconseja a los ricos que no pongan su esperanza en las riquezas, sino en Dios, y que sean generosos y estén dispuestos a compartir.
Por eso, también pienso que mientras más tienes, mayor es tu responsabilidad de dar y ayudar a quienes lo necesitan. Si Dios te ha permitido tener recursos, puedes utilizarlos para hacer el bien. La prosperidad económica puede convertirse en una bendición para otras personas cuando no nos olvidamos de compartir lo que tenemos.
En 1 Timoteo 6:6, Pablo nos dice: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento”. La verdadera prosperidad también está en vivir con reverencia hacia Dios y aprender a estar contentos con lo que tenemos, sin dejar que el deseo de conseguir más nos haga perder de vista lo que realmente importa. Es vivir con lo esencial, tener un corazón en paz, aprender a decir “gracias” incluso en la escasez y saber que estás caminando en el propósito eterno para el cual fuiste creado. Salmos 23:1 lo explica muy bien: “Jehová es mi pastor; nada me faltará”.
Nada te faltará si el Señor es tu pastor. No se trata de bienes materiales que vienen y van. Porque entonces, ¿qué pasa si te quedas sin eso? ¿Pierdes tu valor? Quizás para otras personas sí, pero para Dios, no. Tú jamás pierdes valor.
La verdadera prosperidad es mirar tu vida, aunque imperfecta, y saber que no estás solo. Que aunque falte mucho de lo que quisieras, tienes todo lo que necesitas… porque tienes a Dios.
¿Cuánto vale una persona?
Si eres artista famoso, abogado, jardinero o ama o amo de casa, tienes el mismo valor que todos. La única diferencia aquí es que todos tenemos diferentes dones, servimos de distintas maneras y aportamos a la sociedad de acuerdo con las capacidades que tenemos. ¡Imagínate un mundo donde todo el mundo fuera médico, abogado o ingeniero! ¿Y los maestros que nos enseñan y nos brindan alegría? ¿Y los conserjes, que mantienen nuestros espacios limpios? Todos tenemos diferentes funciones y todos somos necesarios e importantes para Dios.
Ahora bien, hay algo más que debemos recordar: una persona sigue teniendo valor aunque no pueda trabajar, producir o aportar económicamente a la sociedad. Piensa en un anciano que ya no puede trabajar, una persona con una discapacidad que necesita asistencia o alguien que está atravesando una enfermedad grave. ¿Acaso valen menos porque no pueden trabajar o porque necesitan que alguien los cuide? Claro que no. Si rechazamos que el mundo mida nuestro valor por el sueldo o la profesión, tampoco deberíamos medirlo únicamente por cuánto podemos aportar.
Desde el principio, Dios nos dio un valor que ninguna profesión ni cantidad de dinero puede determinar. Génesis 1:27 nos recuerda que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Por eso, nuestro valor no desaparece.
Dios bajó a la tierra por todos, aunque algunas personas no piensan igual. Pero yo sí lo creo: Dios bajó por todos. Juan 3:16 nos dice que Dios amó al mundo de tal manera que dio a Su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Su amor y la invitación a recibir la salvación alcanzan a toda la humanidad, aunque eso no significa que todos aceptarán esa invitación. Juan 3:18 también nos habla de la importancia de creer en Él. Eso sí, solo algunos serán salvos, los que acepten Su sacrificio y lo reconozcan como su Salvador. Así que Su sacrificio, al final, solo arropará a algunos. Lo cual es triste, porque Él bajó por todos y solo algunos quieren irse con Él.
Y aquí quiero añadir que si Dios mostró Su amor por el mundo y vino a ofrecer la salvación a todos, ¿por qué nosotros habríamos de considerar a unas personas más valiosas que otras? Si Jesús estuvo dispuesto a dar Su vida por nosotros, ¿quiénes somos para mirar a otra persona por encima del hombro simplemente porque tiene menos recursos o un trabajo que la sociedad considera inferior?
Una prosperidad que no se agota
La prosperidad de Dios no se desgasta con el tiempo. No depende de si tienes trabajo o si alcanzas tus metas este año. Es una prosperidad que se sostiene incluso en el dolor, en las temporadas difíciles y en los momentos en los que todo parece romperse.
“Yo he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.”
(Filipenses 4:11)
Esa prosperidad nace cuando decides confiar. Cuando eliges descansar en que Dios sigue siendo bueno, aunque tus planes no salgan como esperabas. Cuando, en medio del caos, puedes mirar al cielo y decir: “Tú sigues aquí, y eso me basta”.
“Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.”
(Filipenses 4:19)
Prosperidad con propósito
Dios no quiere que vivas afanado por lo que no tienes. No quiere que vivas persiguiendo aceptación a través del rendimiento, ni que te compares con otros para sentirte valioso. Su deseo es que vivas una vida con plenitud, sin miedo, sin ansiedad y con gozo verdadero. Filipenses 4:6 nos dice: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego…”.
Dios quiere que estés arraigado en Él, no en las circunstancias. Que tus raíces estén firmes en Su verdad, no en los aplausos del mundo. Que encuentres prosperidad en la obediencia, en la fe y en el descanso de saberte amado y sostenido. Jesús nos dice en Juan 15:5: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto…”. Proverbios 28:25 también nos recuerda: “El altivo de ánimo suscita contiendas; mas el que confía en Jehová prosperará”.
Ahora, no quiero que me malinterpretes: esto no significa que debas dejar de esforzarte. Dios mira con agrado al trabajador y al que se esfuerza día a día. Colosenses 3:23 nos recuerda: “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Podemos trabajar, estudiar, tener metas y esforzarnos por alcanzarlas.
De lo que hablamos aquí es de la superficialidad de pensar que la prosperidad tiene que ver únicamente con lo material y de cómo algunas personas tratan a los demás de acuerdo con los estándares del mundo. No hay nada de malo en querer mejorar nuestras condiciones de vida, tener una casa, desarrollar una profesión o alcanzar un objetivo. Lo importante es recordar que ninguna de esas cosas determina nuestro valor delante de Dios. Podemos esforzarnos por conseguirlas sin convertirlas en lo más importante de nuestra existencia. Por eso, no perdamos de vista la verdadera prosperidad. Lo terrenal es tentador y, sí, el dinero es necesario, pero no es lo más importante. Jamás pierdas de vista lo más importante.
La prosperidad verdadera
La verdadera prosperidad no se mide por lo que posees, sino por lo que permanece cuando todo lo demás se va. Mateo 6:19-20 nos dice: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo…”. Este versículo nos enseña a establecer nuestras prioridades. Nuestra prioridad debe ser hacer tesoros en el cielo. ¿Y cómo lo hacemos? Viviendo conforme a la voluntad de Dios, amándolo, obedeciendo Su Palabra, ayudando a quienes lo necesitan, compartiendo lo que tenemos y tratando a los demás con amor. Porque si nos enfocamos solamente en las cosas materiales, que se deterioran, se pierden o nos las pueden robar, corremos el riesgo de perder algo mucho más importante: nuestra vida eterna con Dios.
Además, a veces somos tan arrogantes y orgullosos que olvidamos algo muy importante. Lo gracioso de todo este asunto es que nada de lo que hay en este mundo nos pertenece realmente. Si así fuera, podríamos conservarlo para siempre, ¿no? Pero no. Todo le pertenece a Dios, porque Él lo creó. Y por más dinero, títulos, propiedades o reconocimiento que tengamos, siempre habrá alguien que tenga más que nosotros. Entonces, ¿de qué vale creernos superiores a los demás por lo que hemos acumulado? ¡Y mira qué ironía! A veces llegamos a creernos dioses por lo que tenemos, cuando ni siquiera somos dueños de esas cosas. Simplemente las tenemos prestadas por un tiempo y, cuando nos vayamos de este mundo, no nos llevaremos nada. Como nos recuerda 1 Timoteo 6:7: “Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”.
Podemos tener mucho o poco, alcanzar grandes metas o vivir una vida sencilla, pero ninguna de esas cosas debería hacernos olvidar lo que realmente importa. Al final, todo lo que acumulamos en este mundo se quedará aquí. Por eso, mientras trabajamos, hacemos planes y disfrutamos de las bendiciones que Dios nos permite tener, recordemos que nuestra mayor riqueza es conocerlo, caminar con Él y tener la esperanza de pasar la eternidad a Su lado. Después de todo, Él desea nuestro bien y sabe mejor que nadie lo que realmente necesitamos.
Créditos de imagen: Fotografía por [Alexander Mils] en Unsplash
Publicado originalmente en mi antiguo blog, Perennidad (1 de octubre de 2020). Revisado y adaptado para su publicación en Perennial Word.
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