Hace poco escuché una frase que decía: “No le des un sermón a una persona que necesita un abrazo”. Aunque fue dicha desde un enfoque secular, tiene un significado muy profundo que también podemos aplicar a nuestra vida cristiana.
Un abrazo antes que un sermón
Muchas veces, cuando alguien se acerca por primera vez a la iglesia, no lo hace buscando una conferencia o un sermón sobre sus errores o fallas. Viene con el corazón cargado, con preguntas, con heridas y con una esperanza de encontrar refugio. En esos momentos, lo que más necesita no es un juicio, sino un abrazo que refleje el amor de Dios, un gesto de consuelo, de empatía y de bienvenida genuina.
Puede ser que Dios ya se haya acercado a esa persona, que ya haya tenido un encuentro con Él y que precisamente por eso haya decidido pisar una iglesia. Sin embargo, podemos convertirnos en una piedra de tropiezo cuando, a través de nuestras palabras o acciones, terminamos alejándola de la iglesia. Debemos recordar que quizás esa persona todavía no conoce a Dios como nosotros lo conocemos y que, al observar nuestras acciones, puede llegar a formarse una imagen de Él a través de nuestro comportamiento.
Por eso, Cristo nos llama a seguir su ejemplo, y nosotros, como cristianos, estamos llamados a glorificar a Dios también con nuestra manera de tratar a los demás.
“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.
Mateo 5:16 (RVR1960)
Aprender a caminar con Dios
Es verdad que como cristianos deseamos y debemos vivir agradando a Dios y obedeciendo Su Palabra. Proverbios 3:11-12 nos recuerda que no debemos despreciar la disciplina del Señor, porque Él corrige a quienes ama, como un padre corrige a su hijo querido. Sin embargo, debemos recordar que muchas de las personas que llegan por primera vez a la iglesia apenas están comenzando a conocer a Dios. Son como bebés que todavía están aprendiendo a gatear. Hay muchas cosas que aún no conocen ni comprenden, y no podemos esperar que aprendan a caminar de un día para otro.
Nuestra tarea no es forzar una transformación inmediata, sino acompañar ese proceso con humildad, paciencia y amor. Al abrir su corazón a Dios, es el Espíritu Santo quien puede producir un cambio verdadero y duradero.
La Biblia utiliza una comparación semejante cuando Pedro habla del crecimiento espiritual:
“Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación”.
1 Pedro 2:2 (RVR1960)
Esto también nos recuerda que el crecimiento espiritual es un proceso. Aunque debemos enseñar la Palabra de Dios, necesitamos comprender que no todas las personas se encuentran en la misma etapa de su caminar con Cristo.
No seamos sabios en nuestra propia opinión
“[…] no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura […]”.
Romanos 12:3 (RVR1960)
Tampoco debemos acercarnos a los demás como si nosotros lo supiéramos todo o como si siempre hubiéramos obedecido a Dios perfectamente. En Romanos 12:16, Pablo también nos exhorta a no ser sabios en nuestra propia opinión. Llevar muchos años en la iglesia no significa que seamos superiores a quienes apenas están comenzando. Tampoco significa que nunca nos equivoquemos. Nosotros también somos humanos, cometemos errores y seguimos aprendiendo cada día. La diferencia no es que nunca fallemos, sino que hemos decidido seguir a Cristo y procurar obedecerlo cada día.
A veces olvidamos que nosotros también estuvimos en ese lugar. Hubo un tiempo en el que tampoco conocíamos la Palabra de Dios como la conocemos ahora y necesitábamos que alguien tuviera paciencia con nosotros.
En Tito 3:2-3, el tío Pablo nos exhorta a mostrar mansedumbre hacia todos y nos recuerda que nosotros también fuimos desobedientes y estuvimos extraviados. Por eso, en lugar de presentarnos como personas que nunca se equivocan, debemos mostrarles que nosotros también necesitamos de la gracia, la misericordia y la paciencia de Dios.
Corregir también requiere amor
Además, como iglesia, nuestra responsabilidad no es simplemente corregir, sino también amar, servir y edificar. Edificar no significa imponer, sino inspirar a través del ejemplo, la palabra y, sobre todo, la compasión. Solo Dios tiene el poder de tocar el corazón y renovarlo; nosotros solo somos instrumentos que pueden guiar, animar y reflejar la gracia que nosotros mismos hemos recibido.
Esto no significa que debamos ignorar el pecado o dejar de enseñar la Palabra de Dios. Jesús mismo nos mandó a hacer discípulos y enseñarles a obedecer todo lo que Él nos ha mandado (Mateo 28:19-20). Sin embargo, también debemos recordar que la manera en que corregimos importa.
“Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”.
Gálatas 6:1 (RVR1960)
Nuestro propósito al corregir no debería ser demostrar cuánto sabemos, avergonzar a alguien o sentirnos superiores, sino ayudarlo a acercarse más a Dios. La corrección tiene su lugar en la vida cristiana, pero debe estar acompañada de humildad, sabiduría y amor.
Escuchar también es una forma de amar
En ocasiones estamos tan preparados para decirle a alguien lo que debe cambiar que olvidamos escuchar lo que está viviendo. Santiago 1:19 nos exhorta a ser prontos para oír y tardos para hablar. Quizás, antes de ofrecer un consejo, necesitamos conocer la historia de esa persona, comprender sus dificultades y escuchar lo que tiene que decir.
No todas las personas llegan a la iglesia con las mismas experiencias, conocimientos o heridas. Algunas necesitan orientación, otras necesitan consuelo y muchas necesitan ambas cosas. Como hermanos en Cristo, estamos llamados a orar por los demás, a levantar al caído, a escuchar sin prejuicio y a extender la mano.
“Por lo cual, animaos unos a otros, y edificaos unos a otros, así como lo hacéis”.
1 Tesalonicenses 5:11 (RVR1960)
Colosenses 3:16 también nos exhorta a instruirnos y aconsejarnos unos a otros con sabiduría. Por lo tanto, escuchar, consolar y enseñar no son responsabilidades que debamos separar, sino distintas maneras de servir a los demás.
La verdad acompañada de amor
Dios nos llama a vivir en obediencia y también a compartir su Palabra. No obstante, debemos recordar que nuestra manera de hacerlo puede influir en quienes nos rodean. En Efesios 4:15, el tío Pablo nos enseña a seguir la verdad en amor. No tenemos que escoger entre enseñar lo que dice la Biblia y tratar a las personas con compasión. Estamos llamados a hacer ambas cosas.
Sinceramente, muchas veces, el primer paso hacia la fe no comienza con un sermón, sino con alguien que estuvo dispuesto a abrazar.
Créditos de imagen: Fotografía cortesía de Unsplash
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