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El código del cielo

A lo largo de las Escrituras, Dios nos da a conocer Su voluntad mediante mandamientos. Esta palabra en la Biblia está estrechamente ligada a términos como ley, palabra, instrucción y decreto. Aunque en algunos pasajes no se utilice literalmente el término mandamiento, toda la Palabra de Dios debe ser recibida como autoridad divina. 2 Timoteo 3:16 dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”.

Yo soy Jehová tu Dios

En Éxodo 20:1-17 encontramos una de las revelaciones más importantes del Antiguo Testamento: los Diez Mandamientos, dados directamente por Dios al pueblo de Israel. No fueron inventados por hombres ni fueron sugerencias. Fueron palabras sagradas pronunciadas por el mismo Dios, quien descendió sobre el monte Sinaí y las dio a Su pueblo como parte de Su pacto y como guía moral para sus vidas.

1 Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: 2 Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. 3 No tendrás dioses ajenos delante de mí. 4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. 5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, 6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. 7 No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano. 8 Acuérdate del día de reposo para santificarlo. 9 Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; 10 mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. 11 Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó. 12 Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da. 13 No matarás. 14 No cometerás adulterio. 15 No hurtarás. 16 No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. 17 No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

Cada mandamiento refleja un aspecto del carácter de Dios: Su santidad, Su justicia, Su amor y Su deseo de que vivamos en armonía con Él y con los demás.

¿Por qué obedecer los mandamientos?

El simple hecho de que provienen de Dios debería ser suficiente para obedecerlos. Él es soberano, santo y justo. No necesita justificarse ante nosotros. Sin embargo, por amor, nos ha dado Su Palabra para que podamos conocer Su voluntad y caminar en Sus caminos. El Salmo 19:8 dice: “Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos”.

Aquí dice que alegran el corazón. ¡Claro que alegran! Imagínate caminar por un mundo donde puedas confiar en lo que las personas te dicen, sin tener que preocuparte de que te engañen, donde puedas salir a donde quieras y no tengas que tener cuidado de nada. Los mandamientos no son una carga, sino una bendición. Son la manifestación del amor de Dios hacia Sus hijos, y cuando los obedecemos, nuestra vida se alinea con Su propósito.

¿Restricción o libertad?

“Porque este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:3).

Muchos ven los mandamientos como una lista de prohibiciones, se atemorizan y rechazan la idea de reglas “restrictivas”. Otros prefieren modificar los mandamientos a su conveniencia para sentirse justificados. Otros se escudan detrás de algún mandamiento para justificar lo que están haciendo. Lo cierto es que Dios no los dio para limitarnos, sino para liberarnos. Nos los dio para preservar la vida, no para estropearla. Lo que la gente no conoce es que los mandamientos son las leyes divinas de Dios y el reflejo del amor de Dios por nosotros. Dios nos obsequió Su ley para que vivamos en plenitud y no para sentirnos restringidos. Cada palabra que sale de Su boca tiene el propósito de guiarnos, corregirnos y acercarnos más a Él.

¿Te imaginas una sociedad sin leyes? ¡Sería un caos! Las leyes de Dios nos enseñan principios esenciales para vivir en sociedad. Muchos de esos principios también los encontramos reflejados en nuestros valores y nuestras leyes actuales, pues de los mandamientos y de la Palabra de Dios nacen muchos de los valores que conocemos hoy. ¡Cuán importantes son las leyes de Dios! Sin Su ley, no sabríamos distinguir entre el bien y el mal. Todos los días viviríamos con miedo a ser engañados, robados y asesinados. Gracias a Dios, podemos vivir una vida más segura y tranquila.

Creo que mejor lo podemos visualizar de esta manera: cuando miramos los mandamientos y generalizamos, podemos ver lo poderosos que son y lo mucho que vigilan nuestro bienestar. Tomemos el mandamiento de no matar: ¿qué pasaría si todo el mundo matara? Tomemos el de no robar: ¿qué pasaría si todo el mundo robara? Y podemos tomar uno a uno, y tú dices: “Pero exageras”. Bueno, ¡así de importantes son! Ahora vamos al otro extremo: ¿qué pasaría si nadie matara o robara? Ya ves a dónde voy. Los mandamientos son un pedacito de cielo. En el cielo nadie roba, nadie mata… Así que, si no te gustan los mandamientos, tengo que darte esta noticia: en el cielo se vive así.

Dios no desea que vivamos en desorden, dolor ni destrucción. Los mandamientos nos enseñan a vivir de manera que no causemos sufrimiento a los demás por nuestro egoísmo, violencia, mentira, codicia u orgullo. Cada mandamiento protege una parte vital de nuestra vida: nuestra adoración, nuestro descanso, nuestra familia, nuestras relaciones, nuestra verdad y nuestra paz interior.

Jesús y los mandamientos de Dios

Jesús mismo nos dio ejemplo de obediencia a la voluntad del Padre. Durante Su vida en la tierra, vivió sin pecado y permaneció fiel a Dios. En Juan 15:10, Él mismo dijo: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”. Si Jesús, siendo el Hijo de Dios, obedeció los mandamientos de Su Padre, ¡cuánto más deberíamos nosotros esforzarnos por obedecerlos!

Además, Jesús dejó claro que no había venido a destruir la ley de Dios. En Mateo 5:17-18 dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”. Jesús no vino a enseñarnos algo contrario a la ley de Dios, como algunos piensan. Él cumplió la ley y nos mostró cómo vivir conforme a la voluntad de Dios, enseñándonos a comprender sus mandamientos más allá de su significado literal. Por ejemplo, en Mateo 5:27-28, Jesús dijo: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. ¡Jesús llevó este mandamiento aún más lejos! Nos enseñó que no basta con evitar cometer adulterio físicamente, porque también debemos cuidar nuestros pensamientos y deseos.

A veces pensamos que Dios era más estricto en el Antiguo Testamento y que Jesús vino a suavizar Sus mandamientos, pero yo considero que Jesús fue incluso más exigente. Él nos enseñó que obedecer a Dios implica mucho más que seguir unas reglas literalmente. Debemos comprenderlas y aplicarlas en todo su sentido, incluso en aquello que los demás no pueden ver, pero que Dios sí conoce.

Además, esto evita que las personas se refugien detrás de algún mandamiento para justificar sus acciones, como hacían algunos fariseos. Jesús confrontó muchas veces esa manera de vivir la religión, donde se prestaba tanta atención al cumplimiento exterior de las reglas que se descuidaban asuntos como la justicia, la misericordia y la fe (Mateo 23:23). ¡Con razón algunos estaban tan molestos con Él! Jesús les estaba enseñando que no podían justificarse simplemente porque cumplían ciertas reglas mientras sus corazones estaban lejos de Dios. Eso también nos debe hacer reflexionar a nosotros, porque es muy fácil señalar lo que otros hacen mal mientras justificamos nuestras propias actitudes.

Solo dos mandamientos

En una ocasión, cuando un intérprete de la ley le preguntó cuál era el gran mandamiento, Jesús respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:37-40).

Jesús resumió la ley en el amor a Dios y al prójimo. Solo dos mandamientos, pero estos dos mandamientos son el marco general de todos los demás. Si miramos los Diez Mandamientos, podemos ver cómo los primeros cuatro están relacionados con nuestro deber hacia Dios, mientras que los últimos seis nos enseñan cómo debemos tratar a los demás.

Estos dos mandamientos son gigantescos y me hacen entender por qué Jesús resumió toda la ley en ellos. Yo creo que una de las razones por las que Dios descendió sobre el monte Sinaí y dio mandamientos tan precisos fue porque la idea de amar a Dios y al prójimo, por sí sola, podía resultar demasiado vaga para el pueblo de Israel en aquel momento. Aunque estos principios ya estaban presentes en la ley, necesitaban instrucciones específicas para comprender cómo debían aplicarlos en su vida.

Ahora, con las enseñanzas de Jesús, podemos pensar más allá. Él nos abrió la mente a otras posibilidades en las que podemos pecar, incluso cuando creemos que estamos cumpliendo literalmente los mandamientos. Nos abrió la mente al cielo, a comprender mejor cómo Dios desea que vivamos.

Por eso considero que estos dos mandamientos son tan grandes. Cuando amamos verdaderamente a Dios, deseamos obedecerlo, y cuando amamos a nuestro prójimo, procuramos no hacerle daño. El amor y la obediencia van de la mano.

La obediencia y la salvación

Algunos cristianos creen que guardar los Diez Mandamientos les dará la salvación, pero debemos recordar que somos salvos por la gracia de Dios mediante la fe en Jesucristo (Efesios 2:8-9). Guardamos Sus mandamientos porque lo amamos y deseamos obedecerlo. Otras personas piensan que, por ser cristianas, están exentas de seguir la ley de Dios, pero la fe no anula la ley, sino que la confirma (Romanos 3:31). También sabemos que una fe verdadera se expresa en obediencia.

Obediencia que transforma el corazón

Obedecer los mandamientos no es un acto de religiosidad vacía, sino de amor y reverencia hacia Dios. Cuando los vivimos con sinceridad, se convierten en herramientas para moldear nuestro carácter. Nos ayudan a identificar malos hábitos, a corregir actitudes y a crecer en integridad. Son un espejo que nos muestra dónde estamos y hacia dónde debemos avanzar.

“Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la ley de Jehová” (Salmo 119:1).

Un llamado a vivir la Palabra

Los mandamientos no son solo para leerlos. Dios desea que los meditemos, los enseñemos y los grabemos en nuestro corazón. Que no sean letras olvidadas, sino principios vivos que dirijan nuestros pasos cada día. Me gusta mucho lo que dice el Salmo 119:11: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”. A veces nos podemos perder en la poesía y las palabras bonitas de la Biblia, pero siempre debemos recordar que son verdades que sí tenemos que aplicar todos los días. Todos, no porque seas el más cristiano o el más bonito, eso te exime. No, todos.

“Estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos…” (Deuteronomio 6:6-7).

Nuestra meta: agradar a Dios

Vivir según los mandamientos es vivir en comunión con el Padre. Vivir obedeciendo a Dios nos ayuda a tener una mejor relación con Él, ¿y quién no quiere eso? Así que obedecemos por amor y no por temor. Es hacer de la obediencia una expresión de fe y gratitud por la salvación que hemos recibido en Cristo.

“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores…” (Santiago 1:22).

“El fin del discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Eclesiastés 12:13).

Los mandamientos son el lenguaje del amor de Dios hecho instrucción. Su Palabra completa es nuestra brújula para vivir conforme a Su voluntad. A través de ellos, Dios nos dice: “Este es mi camino: camina por él”. Y cuando lo hacemos, encontramos paz, justicia, esperanza… y una vida donde cada paso nos acerca más a Su propósito.

Créditos de imagen: Fotografía cortesía de Unsplash

Publicado originalmente en mi antiguo blog, Perennidad (15 de noviembre de 2020). Revisado y adaptado para su publicación en Perennial Word.

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