kids holding hands

¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?

Desde el principio de la historia humana, encontramos un ejemplo de lo que sucede cuando dejamos que el pecado domine nuestro corazón. Caín y Abel eran dos hermanos, hijos de Adán y Eva. El relato continúa diciendo que ambos presentaron ofrendas a Dios. Caín, que era labrador, presentó una ofrenda del fruto de la tierra, mientras que Abel, que era pastor de ovejas, ofreció de los primogénitos de su rebaño y de su grosura. Cuando el Señor examinó las ofrendas, miró con agrado a Abel y la suya, pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda. Hebreos 11:4 nos dice que Abel ofreció a Dios un sacrificio más excelente que Caín por la fe. Por lo tanto, la diferencia entre ambos no se limitaba a lo que habían presentado, sino que también estaba relacionada con la fe.

Esto provocó que Caín se enojara y, en lugar de examinar su propia actitud delante de Dios, permitió que su enojo creciera. Sin embargo, antes de que cometiera aquel terrible acto contra su hermano, Dios le habló y le advirtió: “Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante? Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.” (Génesis 4:6-7).

Aquí vemos que Dios mismo le advirtió a Caín sobre el pecado que estaba a la puerta. Caín todavía tenía la oportunidad de escuchar, examinar su corazón y cambiar de actitud. Sabía que debía dominar el pecado, pero decidió no escuchar. No era inocente ni podía decir que nadie le había advertido. Él mismo, conscientemente, permitió que su enojo creciera hasta cometer un acto terrible contra su propio hermano.

A veces, nosotros también podemos experimentar celos, resentimiento o enojo hacia otras personas. Quizás sentimos que alguien recibe más reconocimiento que nosotros, que tiene mejores oportunidades o que es tratado de una manera que consideramos injusta. Por eso es tan importante la introspección. Reconocer esos sentimientos a tiempo nos ayuda a evitar que nos lleven a pecar contra los demás. Incluso, a veces hay una vocecita que nos dice: “Knock, knock, el pecado está a la puerta”, y nosotros, en vez de negarle la entrada, abrimos la puerta y lo dejamos pasar. Muchas veces, cuando nos damos cuenta de todo el daño que hemos hecho, ya es demasiado tarde para evitar las consecuencias.

Algo que también quiero mencionar es que a veces pensamos que cierta persona tiene determinados privilegios, oportunidades o que siempre está sonriendo porque tiene una vida fácil. Sin embargo, muchas veces no es así. Pensamos que lo conocemos todo sobre esa persona, pero en realidad no sabemos ni la mitad de lo que ha vivido. Quizás detrás de esa sonrisa hubo un proceso de perdón que tomó años, o detrás de esa oportunidad o de las capacidades que tiene hubo muchísimo esfuerzo y sacrificio. Nadie sabe todo lo que esa persona ha pasado, solo Dios. Por eso, y por muchas otras razones, no vale la pena obsesionarnos con lo que el otro hizo o dejó de hacer, con lo que tiene o con lo que ha conseguido. No conocemos toda su historia y, aunque sepamos algunas cosas, tampoco vale la pena cargar con sentimientos que poco a poco pueden corromper nuestro corazón y convertirnos en personas que no queremos ser.

¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?

Después de que Caín matara a Abel, Dios le preguntó dónde estaba su hermano: “Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?” (Génesis 4:9). Esta respuesta de Caín revela el corazón endurecido de quien intenta evadir su responsabilidad por lo que le ha hecho a otro. Yo creo que esta pregunta también debería hacernos reflexionar: ¿somos responsables por el bienestar de nuestros hermanos?

Desde el Antiguo Testamento, el concepto de hermandad ha estado presente como un reflejo de identidad y pertenencia. Para el pueblo judío, todos los israelitas eran considerados hermanos porque compartían una misma ascendencia, vinculada a Abraham, Isaac y Jacob. Esta comprensión también tenía una dimensión espiritual, pues pertenecían al pueblo con el que Dios había establecido su pacto. Uno de los pasajes que expresa esta perspectiva es Nehemías 5:7-8: “Entonces lo medité, y reprendí a los nobles y a los oficiales, y les dije: ¿Exigís interés cada uno a vuestros hermanos? Y convoqué contra ellos una gran asamblea, y les dije: Nosotros, según nuestras posibilidades, rescatamos a nuestros hermanos judíos que habían sido vendidos a las naciones; ¿y vosotros vendéis aún a vuestros hermanos, y serán vendidos a nosotros?”

El pueblo de Dios debía vivir bajo un principio claro: la hermandad exige justicia, compasión y responsabilidad mutua. No era aceptable aprovecharse del sufrimiento del otro, porque hacerlo era como oprimir a un miembro de la misma familia. En este pasaje vemos a Nehemías reprendiendo a quienes estaban aprovechándose de sus propios hermanos. Aunque compartían una misma identidad como pueblo, algunos habían permitido que sus intereses personales fueran más importantes que el bienestar de los demás. Esto nos recuerda que llamar a alguien “hermano” conlleva una responsabilidad. De poco sirve reconocer que pertenecemos a una misma familia si después actuamos con indiferencia ante las necesidades de quienes forman parte de ella.

Cristo, nuestro Hermano Mayor

En el Nuevo Testamento, Jesús lleva la hermandad a otra dimensión. Ya no se trata solamente de lazos de sangre o nacionalidad, sino de un vínculo espiritual nacido de nuestra relación con Dios. En Marcos 3:35, Jesús nos dice: “Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre”. Por medio de Jesucristo, podemos llegar a formar parte de la familia de Dios. Él nos invita a tratar a los demás cristianos como verdaderos hermanos, con paciencia, perdón, respeto y misericordia.

En Hebreos 2:11 encontramos una declaración muy especial: “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”. En este pasaje, el Hijo de Dios, santo y perfecto, nos llama hermanos y, mejor aún, no se avergüenza de llamarnos así. Él es el ejemplo supremo de cómo amar, perdonar y guiar a quienes están a nuestro alrededor. Y si Él lo hizo por nosotros, ¿cómo no hacerlo nosotros también por los demás?

Mientras que Caín permitió que el resentimiento destruyera su relación con Abel, Jesús nos enseñó a amar y a cuidar de nuestros hermanos. De hecho, el apóstol Juan utiliza precisamente la historia de Caín para enseñarnos sobre el amor: “Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano” (1 Juan 3:11-12). Además, si continuamos leyendo el capítulo, encontramos este pasaje: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Juan 3:16).

Caín le quitó la vida a su hermano, mientras que Cristo entregó voluntariamente la suya por nosotros, sus hermanos. ¡Qué diferencia tan grande entre ambos! Jesús nos mostró hasta dónde puede llegar el amor por los demás. Por eso, como sus seguidores, también estamos llamados a amar a nuestros hermanos, incluso cuando hacerlo requiere sacrificios de nuestra parte. Esto implica que muchas veces vamos a tener que sacrificar parte de nuestro tiempo, nuestras comodidades o nuestros recursos para ayudar a quienes lo necesitan. El amor verdadero también se demuestra en esas decisiones cotidianas. Más adelante, Juan nos recuerda: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18). El amor que Cristo nos enseñó debe reflejarse en nuestra manera de tratar a los demás.

Una familia unida en Cristo

Es cierto que no todos adoramos de la misma forma y tampoco compartimos las mismas culturas, tradiciones o prácticas. Sin embargo, estas diferencias no deberían convertirse en motivos de orgullo o división cuando se trata de asuntos en los que la Biblia permite libertad. Por supuesto, esto tampoco significa que debamos ignorar las enseñanzas fundamentales de la fe cristiana para mantener una apariencia de unidad. Nuestra hermandad debe estar fundamentada en la verdad de la Palabra de Dios. Quienes verdaderamente pertenecemos a Jesucristo, reconociéndolo como nuestro Salvador y Señor, somos miembros de una misma familia espiritual, redimidos por su sangre. Por eso, debemos esforzarnos en amar, respetar y edificar a los demás miembros del cuerpo de Cristo.

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:3).

La hermandad en Cristo trasciende fronteras, idiomas, y pasados. Aunque tengamos diferencias, debemos recordar que pertenecemos a una misma familia espiritual. Esto no significa que nunca tendremos desacuerdos, sino que debemos procurar resolverlos con amor, permaneciendo fieles a la verdad bíblica. Jesús también nos advirtió sobre la gravedad de despreciar o maltratar a nuestros hermanos. En Mateo 5:22 nos dice: “Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio […]”. Estas palabras nos recuerdan que nuestras actitudes hacia los demás tienen importancia delante de Dios. No podemos hablar de hermandad mientras alimentamos el desprecio, el orgullo o el resentimiento hacia quienes también forman parte de su familia.

¿Somos guardianes de nuestros hermanos en Cristo?

La verdadera hermandad cristiana nos mueve a sentir compasión por el sufrimiento del otro, aunque no lleve nuestro apellido, no asista a nuestra iglesia o no piense exactamente igual que nosotros. En lugar de adoptar la actitud de Caín, quien preguntó si acaso era guarda de su hermano, Cristo nos llama a cuidar, consolar, servir y amar como Él nos amó. Gálatas 6:2 nos dice: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo”. Nuestra responsabilidad como hermanos va más allá de saludarnos cuando nos encontramos en la iglesia. También implica acompañarnos durante las dificultades, ayudarnos cuando tenemos necesidad y preocuparnos sinceramente por el bienestar de los demás. La verdadera hermandad cristiana es una actitud activa de compasión, empatía y servicio.

Sin embargo, cuidar de nuestros hermanos también implica reconocer que el amor no consiste en aprobar todo lo que hacen. A veces, amar a alguien significa corregirlo con humildad cuando está haciendo algo malo, porque deseamos su bienestar y no queremos verlo continuar por un camino que le hace daño. Tampoco significa que debamos permitir que otros nos maltraten o se aprovechen de nosotros. Nuestro deseo de ayudar a los demás debe estar acompañado de sabiduría y de fidelidad a la Palabra de Dios.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:35). Jesús nos enseñó que el amor entre sus discípulos sería una señal por la cual los demás podrían reconocerlos. Por eso, nuestra manera de tratar a nuestros hermanos también es parte de nuestro testimonio ante el mundo. Yo creo que debemos preguntarnos: ¿cómo estamos tratando a nuestros hermanos? ¿Nos alegramos cuando les suceden cosas buenas? ¿Los ayudamos cuando atraviesan dificultades? ¿O permitimos que la comparación, la envidia o la indiferencia afecten nuestra relación con ellos?

No te sientes a esperar a que ocurra una tragedia para reconocer que algo anda mal en nuestro corazón. Creo que a veces decimos: “¿Envidia, yo? No. ¿Compararme con los demás, yo? ¡Jamás!”. Sin embargo, si continuamos negando lo que sentimos, estamos dándole alojamiento a algo que no se va a ir hasta que reconozcamos que está ahí, lo miremos de frente y le digamos: “¡Fuera de mí!”. Por eso es importante ser honestos con nosotros mismos y con Dios. Así como hizo con Caín, Dios también nos invita a examinar nuestras actitudes y a corregir aquello que pueda llevarnos a lastimar a los demás.

Nuestro amor también debe alcanzar a los demás

Además, como seres humanos creados por Dios, estamos llamados a mostrar misericordia y empatía hacia todos, incluso hacia quienes aún no conocemos o parecen estar lejos de nuestra vida cotidiana. Cada ser humano, aunque nos sea distante, ha sido creado a imagen de Dios. En ese sentido, todos compartimos esta casa común que habitamos: el mundo que Dios creó. Gálatas 6:10 nos dice: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. Este versículo nos recuerda que tenemos una responsabilidad especial hacia nuestros hermanos en la fe, pero que nuestro amor y nuestras buenas obras no deben limitarse a ellos.

Podemos sentir compasión por el sufrimiento de alguien que no conocemos, ayudar a una persona que no comparte nuestras creencias y tratar con dignidad a quienes piensan diferente. Romanos 13:8 nos recuerda: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley”. El amor que Cristo nos enseñó debe reflejarse tanto dentro como fuera de la iglesia. Después de todo, si Dios nos llama a amar incluso a nuestros enemigos, ¡cuánto más deberíamos esforzarnos por amar a nuestros hermanos!

Vivir como hermanos en un mundo dividido

Hoy más que nunca, el mundo necesita testigos del amor verdadero. Personas que vivan como hermanos desde el gozo de saberse parte de una familia celestial. Vivimos en un mundo donde todos quieren tener la razón y las diferencias pueden convertirse fácilmente en motivos de división. Sin embargo, como cristianos, estamos llamados a mirar a nuestros hermanos con amor y a reconocer el valor de cada persona ante los ojos de Dios.

Somos hermanos, adoptados por gracia, redimidos por amor y llamados a reflejar a Cristo en nuestras relaciones. El mundo puede dividir, clasificar y rechazar, pero los hijos de Dios estamos llamados a edificar, reconciliar y amar. Cuando Dios le preguntó a Caín dónde estaba Abel, él respondió: “¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?”. Quizás hoy deberíamos hacernos esa misma pregunta, pero con una actitud diferente, dispuesta a reconocer que nuestras acciones afectan a los demás y que tenemos la responsabilidad de amarnos, ayudarnos y cuidarnos mutuamente.

Caín nos dejó un ejemplo de lo que puede suceder cuando permitimos que el pecado destruya el amor entre hermanos. Cristo, en cambio, nos mostró cuánto podemos amar al entregar su propia vida por nosotros. Cristo es nuestro Hermano Mayor. Aprendamos de Él y amemos como Él amó.

Créditos de imagen: Fotografía cortesía de Unsplash

Publicado originalmente en mi antiguo blog, Perennidad (5 de octubre de 2020). Revisado y adaptado para su publicación en Perennial Word.

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